Truman y Kalayev


Tamerlán construye en Aleppo una torre con setenta mil cráneos humanos. En las escuelas de Francia revientan botellas que contienen gérmenes de parálisis infantil. El pintor de brocha gorda, el paranoico con complejo de superioridad racial, el anti-Charlot que intenta trocar la risa universal en gigantesco muro de lamentaciones, reduce al polvo, a través de hornos crematorios incesantes, a cuatro millones de seres humanos... ¿Puede ir más allá la crueldad del hombre?... Sí. Fue en Julio de 1945. Un hombre mediocre que por algún torvo designio del destino asume la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica, con la consigna de vencer no importa cómo, Harry S. Truman, arroja la primera bomba atómica sobre Hiroshima. Y les lleva al infierno en la Tierra misma a millares de niños, de mujeres, de ancianos, todos ellos inocentes.

En 1905, Kalayev, nihilista, recibe el encargo de liquidar al Gran Duque Sergio, tío del zar y símbolo del despotismo... Está a punto de pasar el carruaje y listo él para lanzar la bomba. Algún desconocido resorte lo paraliza. En una fulguración de segundos ha podido percibir, al lado del Gran Duque, a dos niños y a una mujer. Kalayev retiene la bomba, pasa el carruaje. No es humanamente posible asesinar a los niños.

¿Consistencia eslava e inconsistencia yanqui?... No, precisamente. La historia de los pueblos, como la vida de los hombres, está hecha de claroscuros. Lo que importa es que ni unos ni otros padezcan de fotofobia, de aversión a la luz. Doce años después del gesto de Kalayev, sobreviene, en Octubre o Noviembre de 1917, según el calendario que se elija, la locura roja. La otra masacre de los inocentes.

No pretendemos hacer una confrontación de las dos naciones que mandan en el mundo, con el argumento persuasivo de sus kilotones.

Desde nuestro mirador hispanoamericano, no podemos amar la política de la "Gran Nación del Norte". Muchas cosas nos separan. Las anexiones territoriales, los desembarcos de los "marines", la política del garrote de "Teddy" Roosevelt, la cuestión de sus propias minorías aún no integradas, los desmanes de las transnacionales, la herida abierta en el itsmo.

Sin embargo, hay algo en ellos que admiramos, en contraste con Rusia. Creemos que, mientras a un Presidente se le descubra una felonía y se le arroje de la Casa Blanca; mientras no se oculten los inevitables fracasos superables de los lanzamientos espaciales, a riesgo de empañar su prestigio; mientras se divulgue el escándalo y se llame la atención a los padres de la patria a fin de que no conviertan el Capitolio en su propia garzonniere; mientras subsista la libertad en la tierra de Lincoln, la aventura del Mayflower no habrá sido en vano.

El Comercio, 5 de julio de 1976

No hay comentarios:

Publicar un comentario