Carpetas o escritorios



Todos los días del año, en la India, cientos de seres humanos perecen literalmente de hambre. En el ambiente circundante, imperturbadas, las vacas pacen, rumian o mugen. Nadie osa tocarlas. Son sagradas.


Con diferencias adjetivas entre un país y otro, las raíces del subdesarrollo son en el fondo las mismas. En estas latitudes del Tercer Mundo, no ciertamente por motivos religiosos, existe una especie sui-géneris de vacas sagradas: los burócratas. Estas tienen nombre propio. Son como aquellas de una señorial hacienda de Cajamarca que, cada atardecer, vuelven a sus pesebres al escuchar la voz del mayoral que las llama por sus nombres.



Mucho antes de que Parkington enunciara la ley que lleva su nombre, en nuestro medio ya se aplicaba frenéticamente el principio: un burócrata genera a otro burócrata. En cadena, en progresión geométrica, ad-infinitum. Cada transmisión de mando, trae consigo un aluvión burocrático. A través del tiempo, se van estratificando, a manera de capas geológicas, a tal punto que del análisis del espesor de cada capa se puede determinar con exactitud la mayor o menor largueza o, mejor, inconsciencia, de los gobiernos sucesivos.



¿Cuál es la tasa anual de crecimiento de la burocracia? Nadie lo sabe. Aunque sí, los burócratas, pero lo callan. Sin embargo puede aventurarse que, si la población se duplica cada 25 años, la burocracia lo hace cada 10. Conociendo el número de habitantes y el número de burócratas, un Actuario puede establecer fácilmente cuántas generaciones se requieren para desembocar ineludiblemente en el antiguo funcionarismo oriental, para convertirnos en una Nación de escribas y de mandarines. Pasaríamos a ser oficiantes del nuevo culto, del Estatismo, ese anti-Midas que convierte en polvo todo el oro que toca.


Nos trasmutaríamos todos, no en rinocerontes como en la obra de Ionesco, sino en vacas sagradas. Las hay que, no ciertamente por su casta, pastan siempre en los mejores potreros del exterior. Otras se mimetizan y adquieren la naturaleza de los fantasmas. Pero todas sueñan, mientras rumian, con su Tierra Prometida: ingresar con la cifra más alta a las listas pasivas.


Cuando afirma Víctor Andrés Belaúnde que en el Perú no existe vocación de renuncia, dice una verdad, pero no explica los motivos. La renuncia equivaldría a una hecatombe para quien tiene que completar dos años con la remuneración más alta. La actitud genuflexa de algunos Ministros para evitar la censura, tendría la misma explicación. La cesantía y la jubilación son los dioses tutelares de la burocracia. Salen del ocio para entrar en el ocio.


Según reciente anuncio oficial, las dos terceras partes de los escolares que existen en el país no tienen carpetas. Sin embargo, no hay un solo burócrata que no tenga escritorio. ¿Cuántas carpetas salen de un escritorio?... ¡En qué hermosa realidad se convertiría el Perú si todos los escolares tuvieran carpetas hechas de los escritorios de los burócratas innecesarios!




Correo, 22 de enero de 1968

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