Las vicuñas



Serpentea el camino entre quebradas y abismos. Trepamos en menos de tres horas desde Nazca hasta Pampa Galeras, a 4,000 m. De altura. Allí viven y moran las vicuñas. Es su habitat.

No suelen reunirse en grandes concentraciones, como los hombres a veces tienen que hacerlo. No tienen vocación de grey. Les place caminar, con inimitable donaire, en grupos pequeños.

Las contemplo a mis anchas. Son gráciles y leves. Huidizas. Muy ágiles y finas. Tienen la mirada fría, triste, con fugaces relampagueos cuando algo las asusta. La piel de la vicuña, más suave que la seda, es sólo comparable a la piel de una mujer. Sus cuellos son esbeltos y muy largos, como en los cuadros de El Greco o de Modigliani. A manera de periscopio les sirven para descubrir al enemigo en acecho. El principal: El hombre. Más temible que el puma y más sutil que el zorro, el hombre, aguijoneado por el afán de lucro, casi logra extinguir la especie. Hace 10 años, quedaban apenas 600. Hoy, gracias a la reserva y a un plan de trabajo bien estructurado, hay 23,000. Argentina, Bolivia y Chile, en conjunto, no tienen ni el 15%.

Impera entre las vicuñas un régimen de poligamia de jure, como en Oriente. Cada macho dispone de cuatro hembras. Exactamente el límite de mujeres que establece el Corán.

Los machos de la nueva generación, abandonados a su suerte desde que nacen, soportan el celibato hasta cumplir tres años. A partir de entonces reclaman sus derechos vulnerados. Comienza la pelea por el amor. La pujanza del instinto recién nacido, unido a la juventud, les asegura la victoria. No le quitan las cuatro hembras al macho maduro y vencido. Le dejan una, por conmiseración o por respeto.

El combate que tiene el idilio por galardón, dura a veces hasta tres días. Como el abrazo de amor de las ballenas: comienza en gélidas aguas nórdicas y termina en tibios mares tropicales.

La verdad poética y la verdad científica rara vez congenian. Cuando Chocano describe la puna como “una inmensidad deshabitada”, desconoce por completo la realidad. Así nos lo confirma un biólogo peruano, de apellido Venero, cordial y muy versado. Ante nuestra mirada absorta, despliega cajas y más cajas, cubiertas por lunas, en las que vemos, prendidos con alfileres, cientos de insectos, mariposas, coleópteros. Estuches con huevos de todos los colores y tamaños. Aves disecadas de una rara belleza. En otro recinto, plantas y flores nunca vistas. Tan rica como la fauna es la flora. Todo esto debidamente clasificado y prontuariado. Se trata de un estudio serio para dominar el medio ecológico de la vicuña.

La variedad e infinitud del cosmos sólo tiene parangón con la infinitud y diversidad de anhelos, motivaciones, ideales que palpitan en el alma del hombre. Sin embargo, tengo la impresión de haber visto en las cajas dos hombres transformados por Kafka en insectos. Uno, sujeto por el sexo con un alfiler de Freud. El otro, cavernariamente detenido en el vientre y en la lucha por un clavo de Marx.

Nos disponemos a descender. Nos ha acompañado en la excursión, a mi mujer y a mí, un hombre joven y recio de setenta años: Don Ismael Elías. Derecho, por fuera y por dentro, como las líneas de Nazca.

Don Ismael nos hace saber un hecho que nos indigna. En Pampa Galeras, donde la temperatura llega en las noches a 15º bajo cero, las casa de los expertos extranjeros tienen calefacción; la de los profesionales peruanos, no.

Libres de fobias, incluyendo la xenofobia, creemos los tres que todos los pueblos y todas las razas pueden y deben convivir unidos. “como se unen, en un rayo de sol, todos los colores.”






El Comercio, 30 de junio de 1976




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