La pareja nuestra

Ni hispánicos ni incaicos, prefiguran al Perú de hoy y del mañana: mestizo o nada.

A
José Gabriel Condorcanqui y a Micaela Bastidas se les tilda de colaboracionistas. Porque aunque se oponen a los desmanes del corregidor, confían en la equidad del rey. Pero se rectifican, se transforman, se agigantan. No hay entonces poder humano que los detenga. Por vez primera aparece en nuestro horizonte, sacrosanta, la exótica efigie de la libertad.

Se abre paso la luz entre dos surcos de sangre. Hiératicos en el paroxismo del dolor, sobrepasan los límites del aguante humano. Inútil es buscar en la tragedia griega o en los dramas de Shakespeare símil que los contenga. Por algo ostentan en su genealogía a Pachacútec y al Cid.

José Gabriel Condorcanqui o Túpac Amaru, precursor de libertad es símbolo de la revolución. Escribir sobre él equivale a pronunciarse sobre ella. ¿Y por qué no?...

La revolución en marcha, con sus yerros, con sus excesos, con su clima de odios superados, es la más seria y profunda jamás emprendida no sólo en nuestro suelo sino también en el ámbito que
Basadre llama “los Estados Desunidos de la América del Sur”. Tal aserto es inobjetable. Lo que no es verdad es que el Perú comience a gravitar recién el 3 de Octubre de 1968. No todo el pasado fue de oprobio. Nuestra historia, como Túpac Amaru, es indesmentible.

Allí está
Castilla, Lincoln mestizo y estratega del futuro que abarca y domina con su mirada de águila todo el sub-continente... Están Garcilaso, Palma, Unanue... María Parado de Bellido y Daniel Carrión que hacen el trueque de sus vidas por los ideales supremos... Allí están, en Arica, el anciano venerable y el joven impetuoso, Bolognesi y Ugarte, que parecen tener los pies de Aquiles en su carrera hacia la inmortalidad... Proust extrae un mundo de una taza de chocolate; Leoncio Prado, haciendo gala de temple y elegancia, ordena su propia ejecución con un golpe de cuchara en una taza de café... Andrés Avelino Cáceres sólo se arrodilla ante Dios, en la cumbre de los Andes... Están Mariátegui y Vallejo, mesiánicos para algunos y geniales para todos... La abuelita Dammert y la señora Rosalía entregan la vida a los demás en permanente ofrenda... Fitzcarrald abre en la selva los caminos solo... Están Chocano y también Javier Heraud, impaciente por llevarse en un sola verónica, toda la luz de la tarde.

Están Augusto Wiese y Luis Banchero, titanes de la empresa y artífices de trabajo colectivo... Están
Tangüis y Paulet que crean cosas útiles; Tello y Raúl Porras que reviven cosas ciertas y bellas del pasado... Manuel González Prada y José de la Riva Agüero; Víctor Andrés Belaúnde y Manuel Vicente Villarán, cuya clarividencia se proyecta, desde el umbral del siglo, en la nueva Ley de Educación... Están Chávez, Quiñones y Revoredo, que en el nuestro y otros cielos dejan, a manera de rúbricas, su coraje, su sacrificio y su audacia... Está esa pléyade de hombres sin dinero pero con espíritu de frontera que hacen del mar nuestra cuarta región... Y tantos más que, desde el trasfondo de las dos razas hambrientas de síntesis, logran obstinadamente la ejemplaridad... Aunque nos bastaría un nombre, para sentir el orgullo de ser peruanos: el nombre glorioso de Miguel Grau.

Late polvo sideral en nuestras grandes mayorías nacionales, objetivo supremo de la revolución. En
José Olaya, pescador, se cristalizan telúricamente los altos relieves heroicos.

Rosendo Maqui, arquetipo del campesinado del altiplano, desborda la ficción. De polvo sideral se han formado y se forman las galaxias. Esa y no otra es la sagrada misión de las minorías en el Perú, que en adelante deben ser equitativamente integradas en el gobierno por civiles y militares: abrir un abanico de oportunidades, de centros de trabajo, de incitaciones a las grandes mayorías para que de ellas surjan, por el propio esfuerzo y la propia lucha, las futuras minorías rectoras.

Hace algunos años escribíamos en el diario Correo: ”La hombría de bien y la sindéresis conforman nuestra idiosincracia. Son atributos tan nuestros, tan inalienablemente nuestros, como el petróleo y el mar”.

El general Francisco Morales Bermúdez encarna esa hombría de bien. Pocos gobernantes asumen el riesgo, por la salud de la Nación, de devenir impopulares. Pocos tienen el valor de ser limpios en el juego político y de decir la verdad. La entereza de trocar la demagogia en realismo; el despilfarro en austeridad, el insulto en sindéresis.

La divisa para superar las dos crisis, la económica y la de la libertad, está inscrita en nuestro escudo: La Unión. Unión y trabajo. No nos cansaremos de citar la frase de Piérola, “El Perú es tierra hecha para los gigantes del esfuerzo y del trabajo”. Nunca como ahora cala más honda la voz de César Vallejo: “Tenemos, hermanos, muchísimo que hacer”.


El Comercio, 2 de setiembre de 1976

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