Los años que sobran

Abundan los escritores en un mundo desorientado, dramáticamente huérfano de ejemplaridades. Sócrates y Cristo no escribieron. Ni siquiera una línea.

La región donde todo está por hacer –América indo-hispana–, es pródiga en literatos y poetas. Puesta a elegir entre las tentaciones de la belleza escrita o la verdad de sufrimiento humano, que es preciso conjurar, opta por lo primero. Sigue la vía irresponsable y fácil. Desnaturaliza sus raíces, falsifica sus posibilidades; empequeñece su destino.

Grávida de promisión, impaciente por cristalizar tras siglo y medio de tanteos, esta América nuestra clama estentóreamente por pioneros, por hombres de acción y garra, con ancha visión de mar y espíritu de frontera. Por hombres nuevos, versiones inéditas de energía y luz, capaces de generar la contracorriente de las migraciones, hasta ahora desencadenadas por el desamparo en agónica busca de refugio. Nuestro vasto suelo latinoamericano reclama promotores gigantes que nos vendan persuasivamente la idea del mejor trueque hacia el porvenir: cambiar ciudades hacinadas y promiscuas (verdaderos hormigueros), por horizontes limpios, de sierras, selvas, mares y campiñas.

Si como lo afirma Goethe “en el principio era la acción”, se trata entonces no tanto de analizar e interpretar exhaustiva y pasivamente el sub-continente, simple menester de escribas. Es cuestión de tentar y lograr –como un seguro de permanencia en la historia–, la total transformación de nuestra rezagada América mestiza... Nos inquieta la aproximación a Marx. Sin embargo, reconociéndole aciertos, existe la imposibilidad humana de vivir sin libertad y sin Dios.

No importa que nos tilden de positivistas. Unicamente el trabajo y la técnica –impregnados de mística–, poseen el secreto de los milagros. Seamos positivistas hasta que nadie sienta hambre; hasta que todos tengan techo. Entonces, una vez cumplida la titánica tarea, no antes, los refinamientos del espíritu se nos darán por añadidura.

Salvo valores excepcionales -un Vallejo o un García Márquez-, los demás tenemos que renunciar a lo que ancestralmente amamos: las bellas frases inútiles. O hacemos el sacrificio o seguiremos condenados al subdesarrollo.

Sólo después de haber trabajado y generado trabajo durante aproximadamente cincuenta años, puede ser lícito escribir. Al atardecer. En los años que sobran...

(La frase al principio y al fin de estas líneas, literariamente válida, es literalmente falsa. Nunca sobran los años. La vida, que no cesa de acceder y asimilar; que procede por agregación; que es enemiga del desperdicio, jamás cede un ápice en sus fueros. Proteica, adopta todas las formas y se adapta a todas las circunstancias. Cada vez que lo requiere, la vida recurre al espíritu, que prevalece sobre las edades biológicas. No hay por lo tanto años que sobren. Tal vez para un Leopardi, poeta enamorado de la muerte. Para los que nos debatimos en el subdesarrollo, todos son “años de lucha”).

Los que vienen, en extremo difíciles, exigen un esfuerzo ininterrumpido y multánime. A un tiempo mismo, el ejercicio compartido del poder, la actuación al alimón sin precedentes de lo jurídico y lo fáctico, tendrán que converger necesariamente, para la salud de la República, en el punto más alto de tangencia: capacidad, honradez, pragmatismo, austeridad y coraje.




La Prensa, 18 de agosto de 1978

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