Picos de oro (Por contraste, a los Jueces, guardianes incorruptibles de la honra)

En las plazas públicas, cambian impunemente votos por utopías.

Se encaraman a las pantallas de televisión. Nuevos juglares eligen nuevos tinglados. En ellos se encuentran a sus anchas. Saben maquillarse, poseen dominio escénico, innegables condiciones histriónicas y un verbo fascinante con el que ofrecen el oro y el moro. ¡Qué más se puede pedir para enardecer la imaginación popular!

Antes constituían una subespecie de políticos. Recientemente, han saltado al primer plano. Merecen por lo tanto un análisis detenido. Llenemos su prontuario.

Casi todos pasan de la frustración a la política. Casi todos padecen de una aguda elefantiasis del ego. Como Luis Miguel, repiten sin cesar: “Yo soy el primero”. Todos se sienten providenciales; depositarios de revelaciones mesiánicas.

Algunos devienen narcisos y se solapan contemplándose en el espejo ondulante de las multitudes. Estos, por sus gestos y actitudes, se aproximan peligrosamente a los iluminados y a los poseídos.

Hay otros semejantes a Incas redivivos y obsesos que postran a la Nación primero y luego la fustigan para que juegue un cara o sello trágico con su propio destino.
Todos son expertos en levantar altares a Monsieur Chauvin. Quieren que el mendigo sentado de Raimondi llegue a ser un mendigo de pie.

Como se creen el producto de las masas, y a veces lo son, actúan al nivel más bajo de las masas. Se atreven a todo, menos a ser impopulares. Prisioneros de la muchedumbre, están condenados a seguir forjando mitos.

¿Estaremos también todos los peruanos condenados a que, en adelante, sean ellos y solamente ellos los que campeen en la arena política?
¿Es la política ciencia de buen gobierno, simplemente aventura, nemotecnia y poesía?...

Frente al desastre económico y a la quiebra moral, ¿sabrá el pueblo, con su seguro instinto de conservación, buscar la nueva efigie precisamente en el reverso de la medalla?...

¿No ha sonado ya la hora para que los hombres prácticos y honestos, capaces y lacónicos, comiencen a proyectar, a través de la linterna mágica de las multitudes, reemplazando a la imagen del “condottieri”, la imagen del estadista?...

Si la estatura de los pueblos, como escribe virilmente Enrique Solari, “se mide desde el fondo de su propia caída”, quien levante al Perú y lo impulse hacia el renacimiento de su grandeza histórica, ¿será un recio hombre de Estado, o ha de ser un nuevo pico de oro?...


Correo, 4 de mayo de 1968

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