Presente de navidad


Forman legión los que repudian las jerarquías. Pretenden instaurar, en lugar de la guillotina, un universal rasero nivelador. Levantan donde pueden, imitando colmenas, falsos paraísos. Para hacer añicos las tablas de valores, propalan la especie que Dios ha muerto... Sojuzgan en un hato a las multitudes y las unen a la violencia o, más sutilmente, a la mágica farsa de los espejismos (lo doloroso, lo lacerante, es que los jóvenes, a quienes corresponde descubrir el secreto de la historia y el horizonte de la vida, se dejan sorprender por la capa de justicia que recubre la carnada y muerden con vehemencia el anzuelo de los sátrapas)... Privados de libertad, de la que no sienten la menor nostalgia, van desbrozando sin entusiasmo su camino hacia la nada, no en compañía sino al lado de aquellos cuyo destino es hozar o simplemente existir... Al fin y a la postre se rinden sin protesta, entre el bostezo y la náusea, a los gusanos. Todo acaba para ellos cuando les echan tierra en la cara... (Les falta imaginación. Sentido de perspectiva. Capacidad de asombro. No saben o no quieren conciliar el ordenamiento y la osadía. Son desertores de eternidad).

Sobre esa clase de almas no tratamos. Pasamos de largo, como el Dante. Nos referimos a otras, tildadas de ingenuas, que sacan a relucir la garra creadora. La audacia las amamanta y las conduce una estrella. Se empecinan en creer porque alientan una terca vocación de perdurar. A un tiempo mismo combaten (una hipérbole puede sonar igual que un cintarazo) a ese monstruo rampante no previsto en el diseño de la creación: la miseria. Crece más rápidamente que el rinoceronte de Ionesco; tiene más poder que la suma de los megatones del oso soviético y el elefante yanqui; está en trance de devorar, a discreción, sin distinguir entre humildes o levantiscos, a casi dos tercios de los pobladores de la Tierra...

¿Dónde encontrar la causa? Es preciso decirlo sin ambages: principalmente en la incongruencia del catolicismo. Durante siglos, se extravió la hermenéutica (en beneficio de Marx). Nadie dijo nunca que este planeta está condenado a ser nada más que estación de tránsito y sólo un lugar de esperanza. En la mente del Hacedor ha estado siempre presente la idea del banquete, más o menos frugal, donde a cada quien se le asigna un asiento (y donde la cabecera, jamás usurpada, es conferida a la honestidad y al esfuerzo, al trabajo y al talento).

Sorpresivamente, en el tramo final, estos sencillos peregrinos le arrebatan a la ciencia la victoria (no por una cabeza sino por una corazonada). Ganan la apuesta al morir: cuando efectivamente comprueban que la luz interior no se extingue... Desplazan entonces su campo magnético y, pese a la distancia o precisamente por el prestigio que da la lejanía, atraen aún más... Elevan y encienden (o por lo menos tratan), no para dar el testimonio innecesario de que sobreviven, sino porque permanecen fieles a sus más puros designios germinales... Persuaden a trocar el egoísmo en desprendimiento y nos hacen sentir próximo (prójimo) ese ser ajeno, distante y desconocido...
Estas almas señeras actúan sobre los de abajo intensa y diáfanamente... No se sabe si son nuevas cristalizaciones de antiguos amores que echaron raíces o simplemente destellos que el Nazareno desprende. Quizás, ambas cosas.

A tal linaje de almas pertenece Rosa. Nada en ella lleva a pensar en los moldes. Debió hacerla Dios con sus propias manos y en su mejor momento. Día a día ausente por casi medio siglo, no es óbice para que de hecho intervenga en el drama humano (igual que los dioses en la tragedia antigua), a favor de los personajes que le son dilectos... Cada año, invariablemente, Rosa coge al azar una estrella y sin que nadie lo advierta, la pone en mi escritorio, sobre un Nacimiento.


La Prensa, 26 de diciembre de 1979

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