Dualidad como destino

La ironía ha inspirado el lema de nuestro escudo. Si hemos sido alguna vez firmes y felices, acaso haya sido en la unión precaria de las treguas.

Paladines del arbitraje en el campo internacional, somos implacables en las pugnas intestinas.
Nuestro sino es la reyerta. Obedecemos ciegamente el mandato imperativo de algún extraño fatalismo histórico: estar separados siempre y siempre adscritos a una de dos facciones.

Mencionemos algunos de los antagonismos más pugnaces: Militarismo o Civilismo. Aprismo o Sanchezcerrismo. Alianza o Coalición. De un lado, "todo el peso de la fe ciega". Del otro, "toda la iracundia de la condenación lapidaria".

Son los presuntos constructores de pueblos quienes, precisamente, se encargan de abrir nuevos abismos. Derecha o izquierda es la nueva antinomia que nos pretenden imponer. Derechas o Izquierdas parecen ser las nuevas banderías elegidas.

Cuando recientemente, en una entrevista televisada, le preguntan al panegirista de Guevara cuál, a su juicio, ha sido el error más grave de nuestro Presidente, responde a rajatabla: Haber tenido a la Derecha arrinconada el año1963 y no haberle dado el golpe de gracia.

Tal vez no sabe el detractor de las Fuerzas Armadas que la Derecha ha hecho al Perú. Que lo ha hecho y, a no dudarlo, lo seguirá haciendo.

Tal vez no sabe el cogobernante desertor que ser cristianos puede ser, para algunos, o una etiqueta política o una ficción confortable, pero para otros, querer ser cristianos es una realidad lacerante. Es querer convivir. Concertar inteligencias y aunar voluntades.

Entresacar de todos los Partidos y extraer de todas las tendencias a los mejores, para integrar con ellos un solo equipo, formar una sola cadena, en la que únicamente un eslabón quede excluido: los comunistas y los que están hechos a su imagen y semejanza.

Tal vez no sabe el Cromwell de su propio Parlamento que Derechas o Izquierdas han pasado a ser en nuestro tiempo dos imposturas que no precisan ya ni de ubicación ni de ideología. Pero que, siendo vocablos hueros, cuando se les confronta, cuando se les hace chocar, devienen pedernales, arrojan fuego y llenan el ámbito de una Nación con un acre olor de sangre.

O es que quiere el gran iconoclasta convertirnos en "un trozo de planeta por donde pase, errante, la sombra de Caín", como le ocurrió hace treinta años, en su erguido solar, al pueblo más viril de allende los mares...

Correo, 20 de mayo de 1968

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