Ejemplar desprendimiento: Holanda y Nuestra Deuda

Es un país de gente laboriosa, emprendedora, práctica, donde no tarda la prosperidad en sentar sus reales. Produce muchísimas cosas, además de mantequilla y quesos de bola. Circundados por canales y molinos de viento, entablan un duelo secular con el mar. Le arrebatan poco a poco tierras preciosas. En cada nueva conquista, levantan factorías y astilleros y hacen florecer, entre los claroscuros de Rembrandt, encendidos campos de tulipanes. Desde que Guillermo de Orange les abre el camino de la libertad, se aferran obstinadamente a ella. Para salvaguardarla, se rectifican y se hacen aliados del mar. Rompen ante el invasor los diques y altivamente inundan cultivos y ciudades.

Esta nación señera que acoge a refugiados de todas las latitudes sin importarle de qué tienda ideológica provienen, adopta el sentido del equilibrio como norte y la tolerancia como divisa. Por algo son hechura de Erasmo de Rotterdam, el humanista por antonomasia, maestro de la sonrisa.

Cuando nuestro Ministro de Finanzas visita Holanda para re escalonar nuestra deuda, tal vez asume la actitud de Mark Twain que, precautoriamente, entra con las manos en los bolsillos a tratar con los banqueros. Sin embargo, aunque se encuentran bajo el nivel del mar, tienen altura espiritual y alcurnia. Nos dan 10 años de gracia, 50 para el pago de la deuda y un interés simbólico menor al 1%.

No es sólo por la atracción de la “naranja mecánica” que deberían nuestros jóvenes tomar a Holanda como modelo. Sin lucha de clases, logran uno de los más altos niveles de vida para todos sus estamentos. Allí los niños no alborotan las calles. Van al colegio a pie, en sus zuecos eternos. En cuanto a las notas, reciben un 11 o un 12 con vergüenza. Todos apuntan al 20, lo cual debería ser un imperativo en los pueblos que se levantan...



La Prensa, 2 de diciembre de 1978

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