Lord de la risa



El hombre que va corriendo y se cae, provoca risa. De este hecho simple, extrae Bergson una sutil filosofía; la sociedad emplea la risa a manera de castigo para eliminar la rigidez y el automatismo y sustituirlos por la agilidad y la gracia. El fino pensador que usa una perla permanente en la corbata, cala hondo en el análisis de lo cómico. Descubre una irreductible compatibilidad entre el sentimiento y la risa. Esta, para brotar incontenible, requiere de "la anestesia del corazón" (Nadie es capaz de reírse de su propia madre)...

Según el filósofo de la intuición, el medio natural de la risa es el grupo social restringido, círculo cerrado lleno de prejuicios. El chiste del párroco no lo festejan todos; quedan desconectados los "que no pertenecen a la parroquia". La risa es clasista. El teatro hindú ilustra como anillo al dedo esta tesis. Cada personaje emplea la lengua que corresponde a su rango: desde el sánscrito sagrado hasta la más grosera de las jergas. Los espectadores captan únicamente a los actores de su propia clase. Mientras el Chandala maldito ríe vulgarmente, el Brahman permanece impasible.

Charles Chaplin hace tabla rasa de todas estas reglas y desmonta una a una todas las teorías relativas a lo cómico. No precisamente por el prurito de ser antinomista. Los hombres excepcionales no paran mientes en las normas. Prescinden de ellas. Se limitan a ejecutar los actos puros que ineluctablemente los llevan hasta la obra maestra.

Garrick, actuando ante los altos Lores, convierte su "esplín en carcajadas". Chaplin en cambio reparte equitativamente la risa entre los estómagos llenos y los vientres vacíos. Tal vez por haber nacido en una barriada de Londres y sobrellevado una infancia áspera, dura y triste. La religión y la política ofrecen en sus programas máximos terminar con los pobres. Pero es casi siempre en la pobreza donde se encuentra el semillero de los genios.

Chaplin opera sin anestesiar los sentimientos. Hace un "by-pass" entre la risa y el corazón. Recubre la risa de una tenue capa de tristeza, marca inconfundible de lo humano... Su peculiar indumentaria, enteramente distinta a la del otro caballero de la triste figura, tampoco llega a ocultar la elegancia interior. Ambos, en busca de la suprema aventura, "hacen camino al andar".
El uno hacia el ideal imposible. El otro, con los pies semi-descalzos, va dejando impresa en todos los senderos la V de la victoria. Sobre la estulticia, sobre la vanidad, sobre las pequeñeces humanas.

A Chaplin le sobra el lenguaje. No hay "ballet" que supere la danza de los panes ("En pos del oro"). No hay ternura comparable a la que Charlot vierte en "El Pibe". No hay melodía más cristalina que aquella que compone para "Candilejas".

El cine contemporáneo, hecho predominantemente a base de sexo y de violencia, tiende a convertirnos en "voyeurs" o en "gangsters". No se vislumbra un renacimiento. Convendría entonces establecer a nivel mundial, cada cuatro años, festivales con las películas de Chaplin. Relajarían la tensión planetaria. Ninguna nación sería privada del goce vivificante que produce la risa meditabunda. Y tal vez, por qué no, tales festivales podrían generar en el club atómico efectos saludables...

Charles Chaplin hace saltar, desde esa caja de sorpresas que es la historia, la risa universal.

El Comercio, 23 de febrero de 1978

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