Miradas y simientes

Los hombres egregios salen de la miseria solos. A los pueblos hay que sacarlos. Con el trabajo y con la magia de los conductores.

Franz Hals constituye una de las excepciones. Octogenario, indigente, entra a un asilo de ancianos. Sin embargo, paga su hospedaje con una obra maestra: "Las Regentes", cuadro que perenniza a las cinco mujeres que dirigen la institución. En la historia de la pintura no se ha producido una pesadilla más sobrecogedora. Nunca el arte ha tratado tan despiadadamente a las mujeres. No quedan en el lienzo ni vestigios de las tejedoras de ensueños; de las aprendices de Dios que crean la vida nueva; de las que, gracias a sus ojos, no se congela la Tierra. Las mujeres en el cuadro se mineralizan. Impecablemente vestidas con trajes negros que rematan en cuellos y puños blancos, parecen cinco aves de rapiña disecadas. No tienen edad. Ni sangre en las venas. Las mejillas y las manos hacen pensar en cadáveres. En la sala de directorio, donde se encuentran, no hay un crucifijo. En su lugar, se ve un paisaje desvaído por el que transcurre un río incoloro. No puede ser sino el Estigio. Las cinco miradas glaciales, petrificadas, ponen la carne de gallina. No cabe duda que el anciano genial ha querido vengarse de esas cinco mujeres de las que depende por completo el final de su vida. Pero algo más se desprende del cuadro. El desgaste, el tedio, el "pathos" de un mundo que envejece.

Son otras las miradas del nuevo mundo... Hace unos años, entre dos aviones, en el aeropuerto de Miami, nos atrajo un polo magnético: la mirada de Hélder Cámara. Nos acercamos con la naturalidad de quien se encuentra la mirada de la señora Rosalía. Las almas grandes miran igual, plácida y hondamente. Sus personalidades son afines. Heraldos de la paz, ambos aborrecen la violencia. Una y otro reconstruyen, en pleno siglo veinte, el propio taller del Nazareno.

Transforman la misma materia prima: la angustia, la pobreza, el infortunio. Se entregan sin descanso a los que sufren. Por eso no envejecen. El escribe: "ser joven es tener una causa a la que consagrar la vida". Ella profetiza a los 82 años: "mi muerte será siempre prematura". Hacen suya la fórmula salvadora de Gramsci que invita a descartar "el pesimismo de la inteligencia", para aferrarse al "optimismo de la voluntad". Y siguen al dulce hermano de Asís. "Allí donde hay odio, ellos ponen amor".

La señora Rosalía recibe innumerables alientos, entre ellos, tal vez el más definido, el de Enrique Ayulo Pardo. Lo hace con sensibilidad, con discreción, con elegancia. Muchos de los fondos que ella requiere para las madres en desamparo, provienen de él o de su gestión.

El nuestro será el continente de la esperanza cuando esas y otras miradas abrahámicas, con latido de simiente, prendan en el "sertao" de las almas; cuando el Cristo de Mantegna, obrero o campesino, y el Cristo de Velásquez, de clase media o alta, abran los ojos...


El Comercio, 2 de octubre de 1976

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